Solsticio de Verano
Desde tiempos inmemoriales el hombre ha observado los ciclos de la Naturaleza, tanto porque de la agricultura dependía en gran medida su alimentación, como por su necesidad intrínseca de aproximarse a lo divino. El hombre escudriña el Universo, dibuja mapas, asigna influjos y descubre deidades; observa la Tierra, descubre sus ciclos y conoce de su perfección, de su fuerza, pero sabe que no puede dominarla.
Rogativas y alabanzas, veneración y temor dan paso a ritos que se repetirán año tras año, generación tras generación.
La civilización moderna ha apartado al hombre de su esencia, de su contacto con la Madre y consigo mismo. No obstante, algunos grupos han mantenido vigentes ritos y celebraciones que gradualmente son redescubiertos y recreados en diversos lugares del mundo. Cierto es también que algunos fenómenos son reconocidos por la ciencia moderna, aunque carentes de las connotaciones mágicas del pasado.
El 21 de diciembre se celebra en el hemisferio sur el Solsticio de Verano, el que se genera por la inclinación del eje de la Tierra en relación al Sol. Durante este fenómeno nuestro hemisferio recibe la mayor cantidad de luz solar y por lo tanto ese día es el día mas largo del ciclo anual y su noche, la más corta, noche propicia para la magia y ritos amorosos
Es entonces momento de celebrar, de rendir homenaje al Sol que alcanza su máxima fuerza y poder antes de empezar a decaer.
Con esta intención nos reunimos el pasado 21 de diciembre en el Parque Ecuador. A la hora de la convocatoria el frío se hizo sentir, de manera que, mientras esperábamos la llegada de los convocados, comenzamos a ejecutar algunas danzas que nos permitiesen entrar en calor al tiempo que nos preparábamos para nuestra celebración.
Formamos un centro con representación de los cuatro elementos: agua, aire, fuego, y Tierra. Una fuente con agua, varas de incienso, una cesta con frutas de la estación y cilindros de greda con velas en su interior. Los niños recogieron hojas y con mucho entusiasmo ayudaron con la decoración.
Invitamos luego a depositar objetos personales e intenciones para que recibiesen la energía que generaríamos al danzar: relojes, fotos, sobres, talegas sumados a los ademanes para ofrendar propósitos y deseos formaron parte de nuestro centro. Tras una breve reflexión comenzamos a ejecutar danzas a la Tierra y al Sol.
Durante hora y media disfrutamos de la danza, alternando introspectivas con danzas más alegres, las que eran seguidas con júbilo por los niños.
A cuatro días de la Navidad no podían faltar los villancicos. Adeste Fideles, en la versión en español de la chilena Cecilia Echenique elevó nuestros espíritus y tocó nuestras emociones.
Hora y media de movimiento, de conexión con lo Supremo y con nosotros mismos, hora y media que transcurre en tan solo un instante, hecho que resulta muy gratificante, animándonos a continuar reuniéndonos en el parque para celebrar a la Madre Naturaleza.








