Experimentando la Danza
La mejor, sino única, forma de saber y entender los efectos que provoca cada danza es experimentarlos. Ninguna descripción lograría abarcar con precisión la diversidad de sensaciones y emociones que se hacen presentes en cada ejecución.
Hay algunos hechos que debemos tener presente al observar los efectos que nos produce la música. Si consideramos que ésta es onda sonora que vibra en una determinada frecuencia y ritmo; que como onda sonora es transportada también y con bastante eficiencia por el agua; que el cuerpo de un adulto está compuesto en un 70%, aproximadamente, por agua; entonces, debemos entender que ante la música cada molécula de nuestro organismo vibra en un ritmo y frecuencia también determinados, produciendo efectos a nivel físico y mental, alcanzando nuestras emociones y nuestro espíritu.
Cuando escuchamos una melodía nuestro cuerpo tiende en forma espontánea a entrar en movimiento, siguiendo y dejándose llevar por el ritmo.
El movimiento de nuestro cuerpo, a su vez, va provocando diversas sensaciones y sentimientos. Así, cuando escuchamos una pieza musical suave nos movemos meciéndonos lentamente de un lado a otro, acunando nuestro cuerpo y apaciguando el alma. Un ritmo de tambores nos energiza y uno de compases rápidos, sin duda, nos provoca un estado de alegría.
Por otra parte, la asociación sonido–movimiento–vivencias personales se torna fundamental al experimentar una danza. En ese momento se conjugan diversos elementos: factores culturales, experiencias de vida, estado de ánimo al momento de la ejecución, la luminosidad, temperatura, nivel de recogimiento interno, volumen y calidad de la reproducción, etc.
Así, cada danza evoca y genera sensaciones físicas, mentales, emocionales y espirituales particulares. Cada ejecución es, a su vez, única, distinta. Una misma danza puede y de hecho produce reacciones disímiles en cada ejecución.








